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Las atmósferas y las metáforas: el huracán María como narrativa

Por: Silvia Alvarez Curbelo Ph. D.
Profesora Jubilada de la Escuela de Comunicación
Universidad de Puerto Rico – Recinto de Río Piedras
salvarezcurbelo@gmail.com

Resumen

Cuando el pensador de la cultura y la comunicación Martín Hopenhayn habla de “atmósfera cultural” se refiere a un ambiente percibido en determinada sociedad que comporta formas de percepción y lectura del mundo (Hopenhaym, 1994, p.40).  La atmósfera seduce con sus amplias e infinitas posibilidades de aplicación social y cultural a la contemporaneidad específica en donde emerge.  Es insoslayable la asociación con el más conocido concepto científico de atmósfera, un haz de condiciones gaseosas que transforman un ecosistema.  En ambos casos, se alude a estructuras que habilitan transformaciones; en el caso de la atmósfera cultural, dinámicas de acción social y prácticas de significación.

Los huracanes tropicales, en tanto fenómenos atmosféricos constituidos desde la cultura, se organizan mediante sistemas metafóricos y narrativos. Este artículo utiliza un análisis combinado de discursos y metáforas para describir la atmósfera de significaciones culturales que rodean a un texto mediático digital sobre el huracán María que azotó a Puerto Rico de manera catastrófica el 20 de septiembre de 2017. Como investigación sobre desastres “naturales”, se afilia a un abordaje teórico de factura reciente, que se conoce como ecocrítica (ecocriticism). En la ecocrítica se parte de la premisa de que la cultura humana está enlazada de manera entrañable con el mundo físico, afectándolo y siendo afectada por él. La ecocrítica tiene como sujeto las interconexiones entre naturaleza y cultura, específicamente cómo se evidencian en artefactos lingüísticos y literarios (Glotfelty y Fromm,1996, p.xix).  Los huracanes fungen en este tipo de abordaje como un espacio de interseccionalidad.

Palabras clave

Huracán, atmósfera cultural, metáfora, discurso, ecocrítica.

Los huracánes en el trópico

Los huracanes en el trópico – ha señalado Fernando Ortiz, el antropólogo cubano- son en ocasiones el simulacro de un drama celestial (Ortiz, 1947). Con los grandes huracanes se produce una “sinérgica manifestación de las fuerzas cósmicas, como si una gigantesca culebra nos fuese rodeando con sus anillos para sacudirnos y estrujarnos en un solo cataclismo convulsionario” (Ortiz, p. 134). En este artículo recreo tres eventos de huracán de grave impacto –meteorológico y cultural:  San Narciso (1867); San Ciriaco (1899) y el reciente María (2017).  Con los dos primeros identifico narrativas y sistemas metafóricos que componen las atmósferas culturales que los significaron. Con el tercero, examino cómo perviven dichas narrativas y figuras retóricas en un producto mediático a más de ciento cincuenta años.

Imagen Libro: Cortesía Colección Puertorriqueña, Biblioteca General José M. Lázaro, Universidad de Puerto Rico

El huracán San Narciso: el colonialismo y la esclavitud al desnudo[1]

Para Puerto Rico, 1867 fue uno de esos años que la memoria de los trópicos registra como calamitosos. Un huracán, meses de intermitente actividad sísmica y una sequía extraordinaria llenaron de pavura a las gentes.  Al pueblo le dio por apellidar al Capitán General Marchesi, en cuya incumbencia habían ocurrido las desgracias “…el gobernador Calamidades y él era ciertamente una y bastante grande” (Tapia, 1968, p.100). Los fenómenos fueron vistos como “…siniestros presagios que la credulidad de las gentes sencillas esperaba que se realizasen, tremendos vaticinios sólo comparables con los postreros días del apocalipsis” (Fontán Mera, 1868, p.19).

La crónica más detallada de las calamidades del año 1867 es suscrita por el Inspector General de Instrucción Pública y Oficial de Hacienda, Vicente Fontán Mera.  Como miembro de lo que Angel Rama ha denominado la ciudad escrituraria (Rama, 1979, p.41), circuito de funcionarios, tradiciones burocráticas y memoria del poder, el inspector se esmera en relatar con detalle estadístico y descriptivo la serie de desgracias.  No obstante, Fontán Mera, hombre de lecturas, no se contenta con la inscripción burocrática. Cultiva la complicidad de su círculo de interlocutores ilustrados al interpretar los hechos con acotaciones que demuestran su familiaridad con las leyes de la ciencia y el amplio inventario de determinismos geográficos y climatológicos tan en boga desde el siglo anterior.  En momentos, el funcionario, quien era mal visto por los conservadores por su afiliación liberal, se atreve incluso a la denuncia. Señala que las autoridades han tratado de minimizar los efectos del huracán en aras de apremiar el cobro de contribuciones y aprovecha para sugerir el establecimiento de un banco agrícola que pueda proveer los créditos que en la actualidad sólo se consiguen en islas caribeñas extranjeras o recurriendo a la usura.

La memoria del funcionario también emite otro registro.  Fontán Mera no puede eludir la tentación de recuperar el drama del evento, la fugacidad de lo acontecido, el golpe de lo fortuito. Quiere generar emociones con imágenes estridentes llenas de signos ominosos.  La furia de las aguas, los vendavales desatados, el terror que posee a los habitantes, son relatados por este folletinista amateur que ha vivido lo que parece distinguir la experiencia tropical:  el arrebato de la naturaleza. En la civilización de lectores que emerge gradualmente hacia la segunda mitad del siglo XIX hay un “hambre de ficción” que se distingue de la estética ilustrada más restringida de las primeras décadas.  No hay que olvidar que es la era del folletín, redundante, romántico y fabulador (Rivera, 1968).

La fuerza irresistible de los elementos que habían convertido a las casas y a los templos en frágiles barquillas confirmaba que Puerto Rico vivía todavía a merced de una temporalidad natural acechada siempre por el azar (Fontán Mera, p.149). Pero, como apunta también el cronista, los desastres eran más bien un punto de llegada que un punto de partida, un golpe más para un país que experimentaba desde hacía tiempo una crisis fatal.  Los eventos más dramáticos – el huracán de San Narciso y los subsecuentes temblores de tierra- habían acaecido en un período comprimido de tiempo -los meses de octubre y noviembre de 1867- pero, como en tantos otros tiempos de la historia de Puerto Rico, no hacían sino poner de relieve una postración de más larga duración.

Cuando apenas surgían a la humana previsión y por consiguiente a la inteligencia del gobierno medios bastante eficaces para conjurar los peligros de la crisis fatal porque atravesaba la isla de Puerto Rico, situación terrible que, de prolongarse, habrá de convertir este país en el pueblo más infortunado del globo, el huracán del 29 de Octubre vino a demostrar una vez más al mundo, y por cierto de un modo bien aterrador que nada pueden los esfuerzos humanos contra las iras de la naturaleza (Fontán Mera, p.19).

Los desastres se combinaron para acentuar dos discursos políticos de disidencia: las reformas al sistema colonial cuyo principio operativo y de gobernabilidad era el de las facultades omnímodas de las que disfrutaba el gobernador y Capitán General de la isla y el abolicionismo, apoyado mayoritariamente por el país.  En el año de los desastres, la intempestiva clausura en Madrid de los trabajos de una Junta Informativa a la que habían sido convocados representantes de las dos colonias que le quedaban a España en América –Cuba y Puerto Rico- había anulado, al menos por el presente inmediato, la posibilidad de una reforma política y la proclama de la abolición de la esclavitud.  En los campos puertorriqueños, grandes y pequeños propietarios, jornaleros y arrimados, experimentaban los efectos de la insuficiencia monetaria, la ejecución perentoria de propiedades para el pago de deudas y la inflación.  El aumento de las tasas contributivas locales decretado en 1867 y el encarecimiento del crédito se imponían sobre una agricultura que se sostenía a duras penas. Para algunos, parecía que de España ya nada podía esperarse porque nada tenía que ofrecer. Esas eran las atmósferas calamitosas que se cernían sobre Puerto Rico cuando llegó el huracán y que se intensificarían luego de su paso.

El texto de Fontán Mera construye una narrativa en la que se admite la particular densidad conflictiva del momento al ocurrir el desastre.  Hay una atmósfera cargada. Sin embargo, el funcionario –culto y dotado de una sensibilidad moderna respecto a la ciencia y a la gestión administrativa- mitiga la retórica del progreso de la “inteligencia humana” con la retórica fatalista de una naturaleza impredecible y ciega en su destrucción. La superioridad de lo “natural” condena nuevamente a Puerto Rico al tiempo del azar.  Sin tener que admitirlo, la crisis colonial queda desnudada pero simultáneamente el fatalismo geográfico apunta también a un callejón sin salida en las relaciones imperio-colonia.

Otro tanto, ocurre con la esclavitud.  Un expediente de la Secretaría de Ultramar de España detalla cómo en los tiempos agónicos del sistema esclavista, el huracán habilita un espacio para la construcción de un discurso que admite la inexorabilidad de la emancipación, pero dicta los marcos de interpretación para un mundo post-esclavitud donde persistirá la desigualdad. De la mano de las furias desatadas por el huracán San Narciso que devastó a Puerto Rico, una trama singular se desarrolla en el aciago 1867. El lugar no es menos simbólico.  Se trata de una cárcel; su ocupante, un esclavo. Todos los elementos en la incómoda transición del esclavismo al abolicionismo están presentes y confirman las contaminaciones y tensiones de inventarios discursivos que, con frecuencia, chocan.

El 29 de octubre de 1867, el esclavo Juan de los Santos Quiñones se hallaba detenido como prófugo en la Real Cárcel del pueblo de Gurabo (Picó, 1993). Los vendavales furiosos del huracán abrieron en dos la cárcel y el esclavo logró escapar.  En lugar de desaparecer en la confusión producida por el siniestro e internarse en el monte, el esclavo protagonizó una serie de acciones heroicas que le valió un mes después que se le otorgara la ansiada carta de libertad.[2]

En esa mañana de noviembre, en la cual, ante notario público, se oficializó la libertad del esclavo, el propietario, las autoridades y letrados simpatizantes del abolicionismo negociaron entre pasado y futuro. Encontraron un terreno común en un espacio extraordinario de heroicidad que cancelaba la identidad delictuosa del esclavo y su propensión cimarrona.  Abrieron las puertas a una nueva identidad virtuosa, de trabajo, en la que el antiguo propietario invertía una suma equivalente a una quinta parte del valor de compra del esclavo.  El dueño del esclavo recibió la suma de 1,000 escudos (500 pesos) por parte del patronato ilustrado Sociedad Económica de Amigos del País, de un fondo anual destinado a otorgar premios de virtud a ciudadanos que se distinguiesen por ejecutorias cívicas.  De la cantidad recibida, el propietario regaló 200 escudos al ahora liberto para que comenzara una nueva vida.

Sin embargo, la transacción se hizo obviamente ante un esclavo mudo.  La minuta de la ceremonia de libertad describe sus fuertes brazos y hombros con los cuales había salvado a muchos el día de San Narciso, pero la voz del subalterno es escamoteada (Spivak, 1988, p.271). Los actos heroicos desplegados por el esclavo debieron ser recodificados para que esta extraordinaria transacción pudiese ocurrir.  La voluntad de libertad frente a la opresión que lo había constituido en confinado mutó en un civismo conveniente por virtud del huracán, en una moralidad capaz de ser admitida por los garantes de su carta de libertad.

Mark Anderson (2011) habla de “disastered subjects” (p.25), es decir, de sujetos del discurso que quedan constituidos desde las representaciones de un desastre.  En este caso el huracán, genera las atmósferas necesarias para que la situación colonial no se resuelva so color de una nueva fuerza mayor:  la naturaleza destructiva y para que se legitime un particular discurso de la abolición donde el esclavo emancipado adquiere su libertad desde el tutelaje cívico de sus antiguos amos.

Un periodista de la época, José Pérez Moris, vocero del gobierno, representaría al huracán como “una mano de Dios” que impidió que los ingratos puertorriqueños se rebelaran contra las “legítimas” autoridades.  El providencialismo de la naturaleza habría evitado el verdadero desastre: la sedición.  Es interesante constatar que un líder separatista puertorriqueño, Ramón Emeterio Betances, desestabilizó en ese mismo entonces la figura retórica de la mano divina cuando señaló que el huracán era, por el contrario, un castigo de la naturaleza por la cobardía de los puertorriqueños que no se habían rebelado contra la esclavitud (Schwartz, 2015, p.177).

Imagen Huracán San Ciriaco: Cortesía Archivo General de Puerto Rico

San Ciriaco

El próximo huracán que examino es el de San Ciriaco, acaecido apenas un año después de que Estados Unidos invadiera a Puerto Rico y expulsara a España de sus colonias en América.

El 6 de agosto de 1899, Ramón Aráez y Fernando, un ingeniero que se encontraba en Mayagüez, ciudad del occidente de Puerto Rico, registraba en unas notas informales las fragancias de jazmines, astromelias, de rosas y azucenas que inundaban su quinta de veraneo (Aráez, s.f., p.1). Ese mismo día salió en bote por la costa, pero un persistente viento del norte le dificultó la travesía lo que le hizo pensar que algo extraordinario ocurría en la atmósfera. Dos días después, un huracán de implacable fuerza destructiva atravesó la isla. Apenas un año de transcurrida la invasión norteamericana de Puerto Rico, Aráez no encontró mejor símil para el ruido del ciclón que “un horrible bombardeo en sitiada ciudad” (Aráez, p.4).

El historiador Stuart Schwartz (1992, 2015) ha estudiado el caos social y económico desatado por el fenómeno, uno de los más destructivos en los anales antillanos con tres mil muertos en Puerto Rico (la población de la isla era de menos de un millón y pérdidas de propiedad montantes a $35 millones de dólares (en cifras ajustadas a 2017 estaríamos hablando de mil millones de dólares aproximadamente).  Sobre la tierra arrasada por el vendaval y la torrencial lluvia se entablaba un intercambio semiótico ambiguo entre el desvalido pueblo puertorriqueño y el nuevo dominio colonial de Estados Unidos.  Para el periódico El Boletín Mercantil, el huracán era oportunidad para que la novel metrópolis “ofrezca su robusto brazo y con él le ayude [a Puerto Rico] a ganar nuevamente el camino de su progreso y florecimiento” (El Boletín Mercantil, 1899). Para otros, el huracán era signo ominoso, retribución por un pecado profundo.

En la edición del 26 de agosto de 1899 del periódico La Correspondencia, Aráez y Fernando daba cuenta de un suceso extraordinario: la estatua de Cristóbal Colón inaugurada en 1894 había perdido la mano en donde tenía la cruz y el estandarte real.  El desmembramiento asumía una dimensión portentosa. Desde un sistema metafórico similar, el Deán y Vicario General de la diócesis de Puerto Rico, confeccionó una homilía que se imprimió con celeridad (Perpiñá, 1899). El pecado del hijo (Puerto Rico) contra la madre (España) – análogo al pecado original contra Dios- es la figura retórica que organiza el relato del Deán.[3]

Perpiñá se pregunta por la causa del mal que ha caído sobre tan “frondoso país”.  Descarta teorías gratuitas de fatalidad o azar y apunta a un motivo transparente para cualquiera que “…no esté afectado de Ateísmo, Materialismo y Naturalismo…” (Perpiñá, p.10). Dios ha ordenado el terrible azote “…en pena de nuestras desafecciones, para la expiación de muestras culpas y en castigo de nuestros muchos y grandes pecados”

( Perpiñá, p.10).  Entre las faltas de Puerto Rico contra Dios y la verdadera religión sobresalen las injurias vertidas contra España, la madre: “…hijos ingratos y desnaturalizados, después de haber recibido de ella su ser, el idioma, la religión, sanas costumbres y la legislación más sabia y completa de las Indias…” (Perpiñá, p.13). La narrativa del pecado y el castigo asume el rango de una ley divina universal.  Es el Dios del Antiguo Testamento que ordena las plagas a aquellos pueblos que se apartan de su majestad.

Dios no puede mandar otro mejor predicador, otro misionero más celoso y elocuente a los pueblos que pecan y se separan de la santa ley, que un terremoto, una peste, un ciclón, una lamentable calamidad.  Y no se diga que esta isla no lleva pecados que   hayan podido atraer tan gravosa y profunda aflicción.  Nos parece que los lleva grandes y muy grandes particularmente desde el día de cambio de nacionalidad. (Citado por Alvarez Curbelo, 1997, p.783)

El jerarca eclesiástico desvela en los informes remitidos por los curatos de los daños infligidos por el huracán, las señales inequívocas de los mismos dolores y tormentos sufridos por San Ciriaco y sus compañeros mártires.  Puerto Rico, afirma el Deán en ademán milenarista, “ha quedado arruinado y, como por decirlo así, martirizado…” (Perpiñá, p.5). Por medio de las figuras dolientes, Dios habría enviado el castigo ejemplarizante para un país que prefería “arrancar de las manos de los inocentes el código sublime de la Doctrina Cristiana, sólo para aparentar americanizarse más, mucho más que los norteamericanos…” (Perpiñá, p.22)

El ocaso del imperio español se narró por Perpiñá desde la atmósfera cultural y política de una transición que es traición.  Por esas torceduras del destino, a Puerto Rico, lugar discreto dentro de una trama imperial de cuatro siglos, le tocó un castigo cósmico.  Eran tiempos milenaristas para el Deán de la Catedral, pero para las autoridades norteamericanas era el momento para representar el huracán como una metáfora de los nuevos tiempos bajo la soberanía de Estados Unidos.

No es insignificante el hecho de que el huracán San Ciriaco tuviese una longevidad extraordinaria de 28 días de desplazamiento por el Caribe.  Puede entenderse como una estructura profunda y prolongada de significación: un escenario para la entrada de un nuevo actor geopolítico en Estados Unidos y de un mutis por el foro de la madre (o madrastra) hispánica. Fue un huracán tempranero para Puerto Rico que suele esperar los flagelos tropicales apara el mes de septiembre.

Como si fuera el reverso del espejo del Deán de la Catedral que vio en el huracán un signo de tiempos apocalípticos, San Ciriaco se convirtió en una ventana de oportunidad para legitimar el nuevo orden que se había instalado en Puerto Rico.  A lo largo de la Isla, los primeros meses de la invasión testimoniaron un relevo febril de los signos más visibles del antiguo régimen (Alvarez Curbelo, 1996).  Fondas criollas comenzaron a llamarse Café Washington y hospedajes populares Mount Vernon en lugar de La Borinqueña.  Hoteles importantes cambiaron sus menús para incluir platillos norteamericanos y llegaron a contratar chefs que supieran cocinar al gusto del nuevo poder imperial.  El desmonte de los símbolos y la aparición de los nuevos se dio en todos los ámbitos de la vida pública y de la vida cotidiana. San Ciriaco constituyó una experiencia fundamental de relevo en tanto fue un detonante semiótico que introdujo una nueva manera de entender el fenómeno y sobre todo los esfuerzos de recuperación.

Para Stuart Schwartz, las autoridades norteamericanas –las que estaban en Puerto Rico y las que estaban en la nueva metrópolis como el presidente McKinley y el gobernador Teddy Roosevelt de Nueva York- moldearon la recuperación como un gran teatro para escenificar el poderío eficiente de Estados Unidos (Schwartz, 2015, p.200).  El guión, que contó con la colaboración de medios periodísticos de récord como The New York Times que diseñó una campaña de recolección de fondos a lo largo de Estados Unidos (“Help for Puerto Ricans”, NYT, August 15, 1899, p.5), se centró en dos proposiciones:  que la recuperación de Puerto Rico era parte de la “carga del hombre blanco” (the White man’s burden acuñado por Rudyard Kipling) y que la tutela colonial bajo Estados Unidos era el mejor destino para Puerto Rico.

Los damnificados recibieron comida, atención médica, techo, empleo, abrigo, en una operación de rescate que sólo un país con el poder de Estados Unidos podía montar.  Las consecuencias políticas y económicas inmediatas y de larga duración de la campaña de recuperación escapan el ámbito de este trabajo, pero se puede dejar asentado que la figura del rescate se convirtió en parte integral del archivo político de los puertorriqueños.  El último gran huracán en azotar la isla durante el siglo 20 lo fue Georges en 1998, año del centenario de la invasión de Estados Unidos a Puerto Rico. No fue hasta 2017 cuando atacaron en un espacio comprimido de dos semanas, dos huracanes: Irma y María.  Destacamos la connotación simbólica del año. En 2017 se cumplían cien años de que el Congreso concediera la ciudadanía de Estados Unidos a los puertorriqueños.  María es, también, un huracán de centenario.

El huracán María: la quiebra colonial

El huracán María (los huracanes ya no tienen nombres religiosos sino seculares desde 1953 cuando se les asignó nombres de mujeres; en 1978, la lista de nombres se tornó mixta) atravesó la geografía de Puerto Rico de norte a sur comenzando en la madrugada del 20 de septiembre de 2017.  Apenas dos semanas antes, el huracán Irma había impactado la costa norte de la isla causando un desplome significativo en la infraestructura eléctrica.  En las dos semanas que transcurrieron entre uno y otro huracán no se había reestablecido la energía para gran parte del norte e interior montañoso.

Al igual que en 1867, año del huracán San Narciso, al paso de Irma y María, Puerto Rico experimentaba una severa contracción económica y crisis fiscal (The New York Times, 2017). Un año antes de María, el presidente Obama había firmado una legislación que se conoce como PROMESA por sus siglas en inglés que instalaba una junta extraordinaria para enderezar las finanzas de Puerto Rico (The New York Times, 2016). Pero poco pudo hacer la plenipotenciaria junta, cuyos miembros son en su mayoría norteamericanos, antes de que el país optase por irse a la bancarrota, un paso que el nuevo presidente Trump condenó diciendo que no creía en que el dinero de los contribuyentes de Estados Unidos se debiera usar para salvar a Puerto Rico.  A pesar de que los estatutos federales no permiten que los territorios se declaren en quiebra, la realidad se impuso y el Congreso finalmente se allanó a reconocer la bancarrota de Puerto Rico, cuya deuda reconocida asciende a $74 mil millones de dólares en bonos y 49 mil millones en obligaciones a los sistemas de pensiones en Puerto Rico.

Al igual que aconteció con el huracán San Ciriaco en 1899, a sólo un año del cambio de soberanía de España a Estados Unidos, la isla de Puerto Rico enfrentaba para 2017 una profunda crisis de certezas en torno a su condición colonial y no sólo por la manera en que se había manejado la bancarrota fiscal. En 2015, una decisión judicial de la Corte Suprema de Estados Unidos dejó al país en un limbo jurídico (Harvard Law Review, 2016). Por votación de 6 a 2, el alto tribunal dejó en entredicho la relación política entre Estados Unidos y Puerto Rico como Estado Libre Asociado, concertada como un ejercicio de auto-determinación sancionado por las Naciones Unidas en 1952.

Envalentonados por la decision judicial, los partidarios de la anexión de Puerto Rico como estado de Estados Unidos y que habían ganado las elecciones locales en noviembre de 2016, decidieron convocar a un plebiscito en el verano de 2017 para que la ciudadanía optara entre la independencia y la integración completa a Estados Unidos. Para entonces, ya la isla se había declarado en bancarrota fiscal.  Sólo un 22% de los electores inscritos concurrieron a las urnas y el 97% votó por la anexión (El País, 2017).  No obstante, el gobierno de Estados Unidos declaró que los resultados no eran vinculantes porque no se había incluido la fórmula del Estado Libre Asociado, precisamente la figura política que había sido cuestionada por el Tribunal Supremo de esa misma nación.

En esa geografía discursiva y simbólica donde se dirimían tormentas legales y políticas sobre el destino de Puerto Rico, bajo una atmósfera nebulosa de crisis económica y bancarrota fiscal, se posó sobre la isla el huracán más devastador desde San Ciriaco.

Mi hipótesis de investigación es que las narrativas mediáticas sobre el huracán María descansan en discursos y metáforas asociadas al fatalismo geográfico, colonialismo y, en menor grado, en el castigo y la retribución, que hemos identificado en otros eventos catastróficos en la historia puertorriqueña. Planteo que las atmósferas culturales y simbólicas que rodean las interpretaciones sobre el fenómeno de 2017 muestran rastros discursivos y metafóricos ya naturalizados por la cultura.  Pero igualmente hay rupturas o diferencias en términos de las voces emisoras, particularmente, el papel protagónico adoptado por los medios masivos en la interpretación del desastre; el papel casi inexistente de las iglesias tradicionales, algún papel mediático más perceptible por parte de las iglesias de avivamiento pentecostal y un papel confuso e insuficiente y de incertidumbre política de las autoridades, tanto locales como federales, que dejan abierto el espacio discursivo para el performance mediático.

Aplico el análisis crítico de metáforas, según lo define Jonathan Charteris-Black (2005) al texto multi-media titulado: “María, un nombre que no vamos a olvidar”, aparecido en las versiones digitales de El Nuevo Día, el principal periódico de circulación general en Puerto Rico y de Primera Hora, ambos propiedad de la empresa GFR Media.  Para el lingüista británico, las metáforas constituyen atajos de significación que resumen las argumentaciones largas a la vez que organizan el discurso desde un arsenal retórico sedimentado y sentimental.  Este enmarcado primario se caracteriza por la familiaridad, por su naturaleza emocional y por estar compartido socialmente. Mi análisis discursivo y metafórico de la plataforma digital “María, un nombre que no podemos olvidar”, se organiza en función de un proceso de constitución de discurso y de metaforización de Puerto Rico como una tierra de desastre y sus habitantes como sujetos del desastre, concepto acuñado por Mark D. Anderson (2011).

El título del número especial mediático que nos ocupa remite a un “nosotros” – los puertorriqueños- que no deben olvidar un nombre: María, condensación de un torbellino de significaciones de diverso signo: dolor, resignación, pérdida, pero también heroísmo, solidaridad, resiliencia, voluntad.  La campanada a que no haya olvido parece sugerir que la amnesia pública es un riesgo en una sociedad que eclipsa pasados y futuros, seducida por un límbico presente.  Pero también el título le asigna a María un carácter de parteaguas: hay un antes y un después lo que refuerza la imagen del golpe del azar, del arrebato de la naturaleza, de la fuerza mayor o acto de Dios que opera como fetiche, enmascarando relaciones de poder y desigualdades y que rearticula el control social.

La pieza periodística consta de un cuerpo principal que se estructura a manera de crónica del evento y de tres secciones auxiliares.  La crónica está escrita en tiempo presente por un narrador omnisciente y ubicuo salpicada de fotografías dramáticas a todo color. Los apartados auxiliares se titulan: Mapas, Municipios, Ayudas.

El hallazgo principal es que la pieza reinscribe y recontextualiza narrativas y metáforas presentes en las crónicas y memorias contemporáneas a dos eventos catastróficos anteriores: el huracán San Narciso (1867) y el huracán San Ciriaco (1899). La diferencia mayor es que no hay huellas mayores de enunciados y metáforas de castigo y retribución propias del discurso religioso que jugaron un rol decisivo en los dos eventos del siglo 19. Lanzo al ruedo una hipótesis que requiere de evidencias y corroboraciones.  Cuando el huracán Irma rozó a la isla dos semanas antes que María, sí se generaron representaciones y discursos de corte religioso que se resumen en la proposición de que Puerto Rico es una isla bendecida o bendita. A pesar de daños de consideración en la infraestructura eléctrica, el país respiró tranquilo de que el impacto no fuese mayor, lo que presagiaba una recuperación más o menos rápida.  Versiones y adaptaciones del discurso de la mano poderosa que nos salvó del desastre y de la metáfora Puerto Rico como tierra bendecida o bendita, dominaron la comunicación mediática e incluso la gubernamental. Con María, el discurso de la isla bendita desapareció del inventario mediático y oficial.  Posiblemente, no lo ha hecho en la parrilla radial religiosa o de las páginas de las iglesias de corte fundamentalista.  En lo que toca a la Iglesia Católica, su ausencia como actor institucional en el desastre invita a un análisis más profundo.

Plataforma “María, un nombre que no vamos a olvidar” por El Nuevo Día

Del análisis de la plataforma “María, un nombre que no vamos a olvidar” enfoco entonces en una serie de proposiciones que remiten al fatalismo geográfico y al fatalismo colonial.

  1. “La isla retrocedió 40 años en el tiempo”. Con esa oración lapidaria inicia esta pieza. El fatalismo del lugar -instrumentalizado en el huracán- se impone sobre el tiempo, es decir, el espacio sobre la historia. La cancelación de la historia reaparece de manera oblicua cuando describe el impacto sobre la capital, San Juan: el casco histórico queda asolado. La orfandad de la ciudad – fundada en 1521 en la isleta que hoy ocupa- queda registrada en el dominio fundacional de la historia. Sin embargo, el relato no puede reprimir el guiño mediático.  De los lugares de la ciudad patrimonial, destaca al barrio de La Perla. Me parece que esta visibilización se debe en parte a que, en sus calles, a orillas del embravecido Atlántico, se filmó el global video “Despacito”, el más visto por YouTube en 2017. El huracán no es neutral a la memoria digital.
  2. Al igual que las imágenes furiosas que salen de la pluma de Fontán Mera en su exaltada narrativa de San Narciso en 1867, la representación mediática de María – de la cual la plataforma digital constituye una condensación- es terroríficamente epidérmica. Recoge los bramidos, los arañazos, el revuelco del ciclón.  El lector recrea la irrupción en su sensorium de un ser de violencia sinuosa. Su paso por la isla es, recordando a Fernando Ortiz, el de una culebra que muerde y estrangula:  20 de septiembre. 6:15 a.m. Es la hora oficial en la que el huracán de categoría 4 en la escala Saffir-Simpson, entra por Yabucoa, Puerto Rico.  Atraviesa toda la isla con vientos sostenidos de 155 millas por horas que arrancan, revuelven y muerden todo a su paso.
  3. La geografía ribereña asume la violencia desbordada del huracán. No son los ríos poéticos, de parajes idílicos. Son ríos sin cauce, se salen de madre: la isla se desvertebra porque los caminos del agua llevan terror, angustia y devastación.  Sobre la que se anunciaba como la Isla de Encanto se cocina una alquimia cósmica: El paraíso se vuelve un infierno.
  4. En el siglo 16, las islas menores del Caribe fueron denominadas en algunos mapas como las islas de los caníbales. (Sepúlveda, p. 12) María detona viejas imágenes de quiebre, trituración y finalmente ingesta de cuerpos combinadas con figuras de extraordinaria fuerza, tal como monstruos maquinizados: Los vientos brutales y sus ráfagas de hasta 200 millas por hora tragan árboles, doblan semáforos, fracturan torres de luz, extirpan techos, lo que encuentran. Sacude a las palmas como si fueran de juguete. María es una máquina de triturar vidrio. Miles de ellas se quiebran. Levanta un mar furioso con olas de hasta 25 pies de alto. Se come la playa y lanza toneladas de arena sobre las calles más turísticas de la isla. Describiendo la destrucción en el espinazo montañoso: En la Montaña, una de las regiones más afectadas por el huracán, los deslizamientos de tierra degluten barrios enteros.
  5. La guerra atmosférica tiene sus estrategias de destrucción masiva. Es la ofensiva inmisericorde de un ejército que arranca de raíz lo que hay y lo que puede haber. Cancela presentes y futuros: La ira de María no descansa en su derrotero por la isla. En diagonal, iza sus vientos huracanados sobre Maunabo, San Lorenzo, Caguas, Cidra, Aguas Buenas, Comerío, Naranjito, Corozal, Vega Alta y Vega Baja. Se ensaña con Manatí, Barceloneta y Florida. Estruja a Arecibo y da un portazo entre Hatillo y Camuy. Es un “blitzkrieg”. Es tierra arrasada. Nada queda en pie.
  6. El arrebato narrativo se incrementa a medida que la pieza periodística parece contagiarse de la atmósfera huracanada. Pronto María ha provocado daños jamás vistos por los puertorriqueños en los últimos 80 años.
  7. La relación colonia-imperio está en el vórtice del desastre y sus representaciones. Recorre las páginas de la plataforma digital. El texto recuerda el episodio que condensa la particular situación de subalternización de Puerto Rico constituida desde el desastre. Lo protagonizó el presidente de Estados Unidos durante su fugaz visita de 14 horas a Puerto Rico el 3 de octubre de 2017, dos semanas después del paso del huracán. En una de las paradas de su totalmente coreografiado tour, Trump le tiró rollos de papel toalla a los ciudadanos que habían sido invitados al evento. No se necesitó mucho para que se percibiera en el gesto del presidente un desdén hacia los sujetos del desastre que, después de todo, eran sujetos coloniales, en función de la antológica dicotomía entre lo sucio y lo limpio. El texto digital se debate entre las imágenes y caracterizaciones del sujeto del desastre inerme, con la mano extendida, para agarrar paquetes de comida deshidratada hechas para otros paladares o bolsas con dulces y snacks chatarra e imágenes de voluntad comunitaria que levantan de nuevo las paredes de un hogar desplomado.
  8. La imagen que ilustra la sección titulada “La respuesta” es de soldados de Estados Unidos repartiendo agua embotellada. El ademán caritativo es una de las caras de la respuesta que el texto caracteriza como “compleja, urgente y criticada”. El alcalde uno de los pueblos afectados habla, tres días después del evento, de una “crisis humanitaria”.  La alcaldesa de la capital, habla a los medios de Estados Unidos y reclama “people are dying here”. Trump responde en su particular misoginia: “she is a nasty woman” y se da a sí mismo un 10 en las tareas de rescate.  Las narrativas se bifurcan: para el poder imperial hay mal agradecimiento colonial; para los sujetos coloniales, el imperio politiza y faranduliza la tragedia.
  9. ¿Dónde empieza y dónde termina Puerto Rico? El adentro y el afuera es otro de esos binomios semióticos que recurren desde tiempos inmemoriales en los relatos humanos. Con cerca de seis millones de puertorriqueños viviendo en Estados Unidos, el doble de los que viven en la isla, es un mundo al revés de lo que había sido el balance migratorio hace treinta años. (Duany,2017) La diáspora organiza una isla generosa desde el continente en un intercambio material y simbólico que enfrenta a la relación colonia-imperio. ¿Cómo metaforiza el texto a los puertorriqueños que habitan en la metrópolis y que se movilizan como nunca antes en auxilio a la patria dejada atrás? La diáspora se convierte en el municipio número 79 (la isla tiene 78 municipios). En el relato, la geografía, lugar de la fatalidad, se amplía, se estira de maneras diversas hasta volver a uncir la diáspora la tierra ancestral:

Artículos de primera necesidad, medicinas, agua y alimentos volaron desde Estados Unidos hasta el corazón del Caribe.

  1. Pero el huracán es también fuerza centrífuga, expulsa a los puertorriqueños a Estados Unidos. La pregunta se invierte: ¿Cómo las migraciones desesperadas a Estados Unidos relaciones estructuran con otros grupos hispánicos, especialmente con grupos dominantes en ciudades y estados? ¿Se asume una latinidad, un panhispanismo? El huracán María proponen un dilema que el texto analizado no se atreve a articular pero que silba entre líneas como sus vientos: si los inmigrantes del huracán se aferrarán a tierra firme y fraguarán alianzas de sangre y solidaridad social con otros latinos, basados en sus afinidades geográficas, históricas, lingüísticas y culturales o si, por el contrario, habrán de volver a la madre caribeña para empezar de nuevo.

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Footnotes

[1] Refiero a los lectores a mi libro Un país del porvenir. El afán de modernidad en Puerto Rico (siglo XIX), publicado en 2001, en el que desarrollo muchas de las ideas que incluyo de manera condensada en este ensayo en relación con San Narciso.

[2]  El rico expediente se encuentra en el Archivo Histórico Nacional de España (AHN), Sec. Ultramar, Legajo 5094, Expediente 39, Documento1.

[3] He trabajado una interpretación del huracán como uno de los signos del relevo de lealtades en “Despedidas”, Revista de Indias, Septiembre –Diciembre 1997, Vol. LVII, Núm 211, pp.783-799