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Escribir para sanar

Por: Haydée Zayas-Ramos
Escritora y Gestora Cultural
www.haydeezayas.com
haydeezayasramos@gmail.com

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Escribir para sanar

Escribir para sanar

El 19 de septiembre de 2017, a las 8:00 pm comencé a escribir una crónica. A esa hora ya estaba instalada en el “walking-closet” de mi hermana con mis tres gatas, a espera del embate del huracán María.

Escribo palabras de futuro. Metas. Planifico. Eso me da cierta tranquilidad antes de la tormenta.

Mis primeras anotaciones. Y en ese momento me brindaron sosiego.

Pasé la noche escribiendo como una frenética. Del viento, de las gatas, algunos trozos de canciones. Con cada hora, más tétrico el sonido y más intenso mi pánico.  

2:44 am – Soy paz, doy calma. Soy paz, doy calma. Soy paz, doy calma.

3:50 am – Soy paz, doy calma. Soy paz, doy calma. Soy paz, doy calma.

4:40 am pienso en Juan Luis Guerra. Ojalá que llueva café…

Tuve que sacar una de las gatas de su jaula. Del pánico, su inseparable hermana la estaba atacando. Me la puse en la falda y comencé a sobarla para tranquilizarla. No sé por cuánto tiempo estuve haciéndolo cuando me percaté que sobándola a ella me tranquilizaba a mí. Me parecieron horas, pero estoy segura, por el registro de tiempo en la crónica, de que fueron minutos. Una ráfaga azotó algo contra la puerta de metal y Flaquitina saltó y empezó a correr buscando un lugar donde esconderse. En medio de la oscuridad la perdí de vista por unos minutos hasta que sus ojos me devolvieron la luz del celular cargada de miedo.

En algún momento, no anoté la hora en la crónica, tuve la brillante idea de que una de las puertas no era segura. Así que decidí reforzarla con una tira de loofa. ¡Brillante! Un huracán categoría 4 (o 5) no podría contra la fortaleza de la súper-loofa para aguantar la puerta. Los absurdos de una persona en pánico.

Super-Loofa
Super-Loofa

4:59 am, 5:35 am 6:07 am – Soy paz, doy calma. Soy paz, doy calma. Soy paz, doy calma. Soy paz, doy calma. Soy paz, doy calma.

6:48 am ¡Estoy harta de tener pánico, que se acabe ya esta mierda! Ni soy paz ni estoy en calma, ¡ñeta!

Por causa de la inundación en mi casa, regresé el día 21. Luego de esas dos noches eternas, en las que apenas dormí y que pasé sentada en una silla de playa, continué escribiendo. La intención original era redactar una crónica sobre la experiencia de pasar la tormenta; pero de la misma manera que nadie anticipó la magnitud del desastre, no vislumbré cuan beneficioso se convertiría el escribir.

Las entradas pasaron a ser observaciones de naturaleza humana. Noté que los primeros dos o tres días fueron casi de fiesta en mi calle. Gritándonos de una casa a la otra, compartiendo comida y las escasas noticias que alcanzábamos a escuchar. La falta de servicios telefónicos pasó de “no puedo entrar a Facebook” a “estamos incomunicados, no sé nada de mi familia”. De golpe todos nos sentimos más isla que nunca. Le siguió el descubrir las limitaciones para conseguir alimentos, escasez de gasolina, el toque de queda, la destrucción. La desolación nos cayó encima como otro huracán, esta vez categoría siete u ocho. Tratar de llegar a casa de mi hermana para verla, aunque ya sabía que estaba bien, lejos de brindarme sosiego me causó depresión. Las imágenes parecían como de otro planeta. Ahora sé que ni siquiera eran el peor escenario.

29 de septiembre, 4:30 pm – Hoy hice por primera vez una fila para echar gasolina. Hora y media nada más. Me sorprendió la adrenalina cuando yo era la próxima para pasar a la pompa. Imagino que es lo que siente el adicto cuando consigue la cura.

María nos cambió los tiempos de espera; ante las filas de seis, siete, ocho o nueve horas para combustible, para el supermercado, para solicitar algunas ayudas, una espera de hora y media fue nada…

9 de octubre, 3:30 am – Ya en pie para ser de las primeras en la fila apoteósica del desempleo.

6:15 am – que suerte, no hay tanta gente. Tuve mucha suerte, saldré antes del mediodía.

8:30 am – la señora que está después de mí en la fila recibe una llamada.

—Aja

—¿CÓMO?, ¿en serio?

—¡@#$%^&*!

Colgó y tiró el teléfono de muy mala gana en la cartera, para gritarnos “Gente, hoy es feriado”.

¡Con razón tan poca gente en la fila! Regresé y me acosté a dormir. Una parte de mí jugó por par de horas a “esto no está pasando”.

Seguí escribiendo, confiada en que la necesidad emocional (escribir para sanar) me diría cuándo parar. Y así fue.

Aun ahora, leer fragmentos de la crónica para este escrito me produce ansiedad. Surte el efecto de revivir esos eventos. Cuando pienso en que le doy los toques finales a este ensayo a dos semanas de la temporada de huracanes del 2018 me da una punzada en la boca del estómago. El pecho se me aprieta por las miles de familia que aun carecen de servicios básicos. La sensación de abandono está a flor de piel en muchos.

He comprobado la importancia de este ejercicio de escritura para mi tranquilidad y bienestar. Y, a ocho meses de la tragedia, he identificado claramente la pertinencia que tiene para otras personas. Esta crónica será el libro María, crónica de un (mí) desastre. Más que un relato de pérdidas significativas; es un permiso para expresar mis sentimientos.

Me he topado con personas, que porque solo perdieron algunas cosas o llevan seis meses sin luz, reciben presión para que no se quejen o desahoguen, pues “al menos tienes casa”. Es innegable la magnitud y el impacto en las finanzas personales, la vida familiar y la comunitaria para aquellos que lo perdieron todo o casi todo. Pero no se trata de que unos tengan el permiso de sentir y ventilar mientas otros no. La intensidad de la tristeza de uno no la determina cuánto perdieron los demás. Es importante comprender que todos los sentimientos son válidos y cada persona tiene derecho a sentirlos y debe tener oportunidad de expresarlos si así lo desea.