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Esfuerzos de recuperación: de vendedor de selladores a vendedor de pinchos

Por: Marisol Nazario Bonilla
Estudiante subgraduada y periodista
Universidad de Puerto Rico – Recinto de Río Piedras
marisol.nazario@upr.edu

De vendedor de selladores a vendedor de pinchos

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Foto: Marisol N. Nazario Bonilla

El olor de pinchos de pollo y cerdo acaparan toda la calle del barrio Ingenio en Toa Baja, cuando Manuel Maldonado Marrero comienza la jornada laboral.

Bajo una carpa negra, ubicada en la esquina de un negocio de dos pisos de colores violeta y blanco, está el toabajeño en la búsqueda de ganar un ingreso, luego de quedar desempleado tras el paso del huracán María el 20 de septiembre.

“Todo fue a pulmón hasta antes de ayer. Fue gracias al quiosquito que monté [que pude sobrevivir], porque ni el trabajo”, expresa el empleado de Master Paint’s P. R., a quien no se le asignan horas de trabajo en la compañía de pinturas y selladores desde el paso del ciclón. Ha sido a través de este pequeño negocio que ha podido subsistir económicamente.

No solo sufrió la pérdida del trabajo sino también su casa, ubicada en uno de los municipios más afectados por el evento atmosférico. El barrio Ingenio fue víctima de las inundaciones causadas por la copiosa lluvia y el alza en los niveles del mar que provocó la apertura de las seis compuertas del embalse La Plata.

Cuando Maldonado Marrero vio que el agua dentro de su casa alcanzaba un pie de altura, tuvo que acudir, junto a su familia, a la Iglesia de Dios Mission Board, que se convirtió en refugio de último momento para toda la comunidad afectada por las inundaciones repentinas en el barrio.

Luego de estar dos días en la iglesia y pernoctar tres días en la residencia de un familiar, el toabajeño regresó a su hogar para encontrarlo inundado con  tres pulgadas de fango.

Tras perder casi todas sus pertenencias y esperar por las ayudas de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA), Maldonado Marrero necesitaba ganar dinero para recuperarse del impacto del huracán.

“Cuando estaba trabajando en la compañía, redujeron las horas a base de los daños que ocurrió en la compañía, hubo redujeron personal, momentáneamente, en lo que ellos podían recuperarse, pero, parece que la cosa no fue muy buena”, destaca el vendedor al explicar por qué quedó cesante.

Sin amilanarse, Maldonado Marrero montó su propio negocio. Mientras viste con su camisa de Master Paint’s P. R., en donde ganaba $272 a la semana a tiempo completo, ahora gana $500 a $550 con su venta de pinchos.

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Foto: Marisol N. Nazario Bonilla

“Decidí hacer algo diferente para producir dinero porque no había mucho trabajo en la compañía, no habían horas, pues, había que buscar de dónde sacar dinero para gasolina, para comer y para nosotros mismos”, confiesa el ahora pequeño comerciante.

Los meses después del huracán, Maldonado Marrero laboraba al aire libre con una sinfonía de generadores eléctricos en el fondo. Tenía que comprar diariamente $14 en gasolina para mantener su planta eléctrica, hasta hace dos meses que le llegó la electricidad.

Sin embargo, al toabajeño, le costó trabajo mantener su negocio de pinchos justo después del ciclón. Recuerda cómo observaba a las brigadas de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) al fondo de la calle con esperanza de poder apagar su generador.

Durante tres meses, al anochecer, el comerciante abría el bonete de su vehículo, el cual estaciona al lado del quiosco, para conectar un inversor de energía a la batería de su carro y tirar una extensión que prendía una lámpara que iluminaba su negocio.

“Fue un alivio grande al bolsillo, la planta me tenía en ruina”, explica el vendedor sobre el gasto de combustible y la alegría que le causó volver a contar con electricidad. Aunque a veces se le va el servicio de energía eléctrica, siempre regresa al próximo día.

Cuando el comerciante comienza su jornada laboral, lo interrumpen los bocinazos de sus vecinos que lo saludan y le gritan desde sus carros: “¡Me avisas cuando estén listos los pinchos!”.

Al cumplir seis meses con su negocio, Maldonado Marrero tiene una clientela que lo visita regularmente. Tan pronto el aroma de los pinchos en la barbacoa se extiende por Ingenio, llegan los clientes.

“Mucha gente me pide con to’. Mucha gente me pide solamente B.B.Q. regular. Mucha gente me pide nada más con salsita de guayaba, o me pide guayaba con pique”, explica el dueño del negocio al cocinar los pinchos.

“Me gusta vender pinchos. Bebo, rio y gano dinero”, dice entre sonrisas el exvendedor de selladores y ahora vendedor de pinchos bajo su carpa negra ubicada en el barrio Ingenio en Toa Baja.