Soma
Soma
Hace 21 años lo conocí por primera vez. Compartimos miradas de complicidad y nos llevamos bien al instante.
Me cargó en sus brazos y soñó poder protegerme con ellos siempre.
Me tuvo de la mano cuando di mis primeros torpes pasos y 21 años después me la ofrece todavía cuando tropiezo o me levanta del piso cuando caigo tras los duros golpes de la vida.
Me salvó de los monstruos nocturnos cuando les temía de niña y ahora de los reales que se esconden detrás de situaciones o personas difíciles.
Con paciencia, me desenredó los rizos desgreñados que llevaba en mí la larga cabellera cuando pequeña. Con esa misma paciencia me vio cometer muchos errores y tuvo que callar para que aprendiera a resolverlos por mi cuenta. Con tal paciencia soportó también mis rabietas e inseguridades de adolescentes, y las que aún me dan de vez en cuando. Ser hombre y criar una niña no debió ser tarea sencilla, pero la perfeccionó hasta convertirse en el mejor amigo y confidente de la mujer que soy hoy.
Me protegió de los huracanes de la existencia y hoy le duele no poder hacerlo todo el tiempo, incluso me pide perdón por tratar insistentemente de sobreprotegerme. Pero no puedo protestar, porque sé que no se perdonaría si algo me pasara. Aún así, me ha dejado vivir mi camino sin interferir, a menos que yo se lo pida. Sé que al segundo de llamar su nombre estará a mi lado como escudo, como paño de lágrimas, como lo que haga falta.
En un momento ocupó cargos administrativos y gubernamentales, y luchó quijotescamente en contra de un sistema político controlado y obsoleto. También es profesor. Despierta mentes jóvenes día tras día, como lo hizo con la mía cuando me enseñó a apasionarme con el conocimiento, a tener curiosidad, a sentir inquietud y a amar lo que se hace. Más aún, es patriota. Cree en una tierra sin cadenas ni opresiones y me enseñó que en ocasiones hay que rebelarse contra la injusticia para defender los ideales.
Siempre dice lo correcto. Y es que no tiene que decir mucho, con solo escuchar su voz mis nervios se acomodan en sus respectivos lugares para permitir que el cerebro ejerza su labor de pensar y por consecuencia, tomar buenas decisiones. Así es como puedo superar cada obstáculo. Sigo su consejo y hago limonada con la llovizna de limones que me tira esta vida, a veces injusta, a veces deliciosa de vivir.
En momentos de sensibilidad, su voz se puede quebrantar en un frágil sentimiento. Cuando me ve perder la fe y la cordura su semblante serio se torna en una tierna mirada y su caricia me adelanta que me comprende y que por favor no me rinda.
Pero en momentos de furia su tono de voz alcanza un trueno que estremece la piel de quien lo escuche. Por tal razón, aunque suelo hacer mi sentir, en muy pocas ocasiones me atrevería a retar su autoridad paternal. Pero sé que se molesta conmigo porque me quiere.
Lo he visto llorar. Lo he visto reír a carcajadas. Lo he visto enfermarse. Lo he visto levantarse. Lo he visto inspirar a los demás.
Me consuela cuando me frustro con la otra mitad responsable de darme vida, que no ha sido mala madre, pero sí complicada. Me enseñó que como no puedo divorciarme de ella como lo hizo él, debo tratar de aceptarla y amarla. Y eso hago.
Cuando encontré el propósito de mi vida en las tablas, se amarró a mí para no perderme. Se convirtió en el escenógrafo, ilumino técnico, sonidista y psicólogo personal de casi todas mis piezas y hasta se atrevió a escribir sus propios libretos. Hemos llegado lejos y no voy a ninguna parte si él no está cerca de mí.
Cada paso que avanzo pienso en pintarle de orgullo la mirada y en cada tropiezo que doy me estremece el poder decepcionarle. Sigo nadando por el caudaloso río de la vida porque él está a mi lado. Cada año que cumplo celebro la vida y que fue él quien me la dio. Ansío poder ser igual que él, tener su paciencia y heredar su valentía.
Él ha sido mi lámpara para poder ver el camino, él me dio alas para volar a la felicidad, él ha sido la pluma con la que escribo mis éxitos, él ha sido el escenario dónde me paro, él ha sido las líneas que memorizo y los aplausos que recibo se los debo a él.
Ser su hija, es un placer.
Me dio alas
por Viviana Torres Mestey
"Global-ika, pieza de su autoría"
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por Viviana Torres
Waldo Torres, padre y profesor