Soma
Soma
Cuando tenía 16 años mis padres compraron una agencia de publicidad en la avenida Roosevelt. El lugar vino completamente equipado: muebles, computadoras, impresoras... hasta una caja llena de "dildos" que encontraron en el ático. Lo mejor de este lugar era el inmenso estudio de fotografía que se encontraba en la parte de atrás.
El estudio tenía un clóset lleno de cámaras fotográficas y de vídeo que mis papás luego vendieron por eBay (cosa que les sigo reprochando hasta el día de hoy). Fue en esa caja (y no en la de los "dildos") que di con mi primera cámara fotográfica de 35mm. Ese mismo día pasé por el Walgreens más cercano y compre un rollo, se lo monté a la cámara, y nada volvió a ser igual.
Comencé a tomarle fotos a mi perro, a los limones del patio, a las flores y a los charcos que se formaban en el techo de la que en ese entonces era mi casa. Lleve a revelar mi primer rollo donde mismo lo había comprado, y claro, me quede esperando en el centro comercial, pues como ser impaciente que soy, creí necesario pagar por el servicio de una hora. Después de esperar la supuesta hora, que en mi cabeza se prolongaba con cada minuto que pasaba, escuche mi nombre de la boca de alguna empleada de allí; y con siete dólares menos en mi bolsillo, me dirigí a casa a mostrarles el resultado a mis papás. No fui el único que pensó que mis fotos de flores y limones estaban "bichotas", mis papás estaban de acuerdo conmigo, y por primera vez afirmaron que tenía talento en algo.
No tardé mucho en tomar mi primera clase en la Liga de Arte con Alina, persona que hoy día considero mi segunda madre. Tampoco tardé en convertirme en el gordito que andaba con su cámara a todos lados. Con Alina aprendí la diferencia entre tirar una foto y hacerla: una buena foto le puede salir a cualquiera, pero hacer una foto toma más que apretar el botón del obturador. Es saber con anticipación qué imagen se ha capturado y tener la habilidad de reproducir lo que se ha logrado una y otra vez.
Varias cámaras luego, muere asesinado en su casa a manos del FBI el líder machetero Filiberto Ojeda Ríos; fueron las imágenes que logré capturar en la universidad el día después las que me dejaron saber lo mucho que podía decir con una foto. Fue ese día que me di cuenta que quería ser parte de lo que estaba ocurriendo. Agarré el teléfono para comunicarme con mi maestra, jefa y segunda madre y decirle que yo quería ir a cubrir con ella el entierro con el semanario para el que trabaja, Claridad. La asignación no fue nada glamorosa, estuve la mayoría del tiempo bajo la lluvia en un techo de Hormigueros esperando a que llegara el difunto; pero es que cuando se tiene el ojo puesto en ese visor, no hay ni lluvia, ni hambre, ni dolor de cabeza que valga, todo eso desaparece al escuchar el "chikaj" del obturador.
Al final del día, mojao' como un pollito en la parte trasera de una pick-up tuve mi momento de iluminación. Se abrió el cielo y se escucharon cantos de ángeles: "Alina, ya sé lo que quiero hacer con mi vida. Quiero ser fotoperiodista." Para mi sorpresa, su contestación fue todo lo opuesto a lo que sentía al haberme "confesado". Ella me dijo con una sonrisa de cachete a cachete: "Pues mijo, estás jodío. Bienvenido."
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Hacer fotos, no tirarlas
por Samuel Vélez