por Viviana Torres Mestey

He tenido muchos de esos momentos clásicos donde se piensa que se ha tocado fondo y es imposible volver a levantarse. Pero en uno de esos sentí que la olla de presión en mi cabeza estaba a punto de estallar. No pude aguantar más y para evitar un holocausto en mi vida compré un pasaje aéreo al azar. Necesitaba desaparecerme por un tiempo de mi país, mi trabajo, mi universidad y mi familia. Sin ninguna razón en particular, Chile terminó siendo mi destino.


Cuando me senté en el avión, no podía dejar de pensar en la emoción de pisar una tierra desconocida y olvidarme de todas las penas que dejaba atrás. Me sentía como Colón en las carabelas, de camino al Nuevo Mundo. Y poco a poco, en algún punto entre “fasten your seatbelts” y “thank you for choosing this airline”, desaparecieron los ruidos en mi cabeza, los ruidos del pasado.


Comenzó siendo un viaje de escape, de rebeldía. Me fui buscando un escondite como el ermitaño que no se quiere dejar ver. Huí buscando un espacio para reflexionar y desintoxicarme de la vida desenfrenada. Pero según me adentraba en Santiago, Chile, por la Avenida Providencia, se encendió en mí la curiosidad de ver un mundo diferente del que acababa de dejar atrás. Me arrimé a mi mochila mientras descubría tierras y exploraba mi ser.


fotos: Viviana Torres Mestey