Soma
Soma
Viajé por horas en autobuses entre diferentes provincias del País y conversé conmigo misma. Me conté historias en silencio y sentí la soledad. Presencié la pobreza humana dibujada en la mirada de los niños; retraté la desenfrenada pomposidad en las iglesias; vi escenarios espectaculares, paisajes conmovedores y esperanzas indescriptibles. Caminé sobre las lozas de las casas de Neruda y fui testigo de sus premios Nobel, sus espejuelos y sus manuscritos.
Vi mundo, conocí locos extraños y bohemios extranjeros que vendían inciensos, pero regalaban sonrisas. Y uno de ellos me dijo: “La vida no hace sentido si no se es feliz”.
Esas palabras me retumbaron en todas las esquinas de mi conciencia. Me sentí como si me hubiesen dado la receta para ganar la lotería. ¿Cómo algo tan sencillo no se me había hecho claro antes? Continué mi viaje de “autoayuda” con esto en mente todo el tiempo y descubrí nuevos acordes en la música de mis pensamientos.
Respiré otro aire y probé otros sabores. Claro, todo se ve y sabe mejor cuando es algo desconocido. Como cuando se descubre un cuerpo ajeno por primera vez.
Y más que por casualidad, por destino, me tocó despedir ese año en aquella tierra chilena. Todos los locales se reunían en fiestas, en banquetes y en jolgorios mientras yo caminaba sin familia y sin amigos, sola.
Pero cuando me acosté boca arriba en la playa de La Serena, para ver los fuegos artificiales de todas las provincias costeras aledañas, me di cuenta que había encontrado algo que había perdido hace tiempo en el camino.
Allí, en la arena fría de un país extraño, mirando las estrellas entre las luces de colores, gritos de alegría, besos de enamorados y abrazos de familias, entendí que lo que me hacía falta para ser feliz lo tuve siempre cerca. Me inundó una tranquilidad desconocida y me visitaron nuevamente las palabras de aquel bohemio.
Cerré los ojos y descubrí que algo me estaba haciendo falta. Y aunque tuve que viajar a otro continente para encontrarlo, lo tuve siempre en mí. Entonces, en aquella playa pintada de algarabía ajena, escuche una voz extraña por primera vez, la mía propia.
por Viviana Torres Mestey
Me perdí para encontrarme
He tenido muchos de esos momentos clásicos donde se piensa que se ha tocado fondo y es imposible volver a levantarse. Pero en uno de esos sentí que la olla de presión en mi cabeza estaba a punto de estallar. No pude aguantar más y para evitar un holocausto en mi vida compré un pasaje aéreo al azar. Necesitaba desaparecerme por un tiempo de mi país, mi trabajo, mi universidad y mi familia. Sin ninguna razón en particular, Chile terminó siendo mi destino.
Cuando me senté en el avión, no podía dejar de pensar en la emoción de pisar una tierra desconocida y olvidarme de todas las penas que dejaba atrás. Me sentía como Colón en las carabelas, de camino al Nuevo Mundo. Y poco a poco, en algún punto entre “fasten your seatbelts” y “thank you for choosing this airline”, desaparecieron los ruidos en mi cabeza, los ruidos del pasado.
Comenzó siendo un viaje de escape, de rebeldía. Me fui buscando un escondite como el ermitaño que no se quiere dejar ver. Huí buscando un espacio para reflexionar y desintoxicarme de la vida desenfrenada. Pero según me adentraba en Santiago, Chile, por la Avenida Providencia, se encendió en mí la curiosidad de ver un mundo diferente del que acababa de dejar atrás. Me arrimé a mi mochila mientras descubría tierras y exploraba mi ser.
fotos: Viviana Torres Mestey