¡Qué Jota!
¡Qué Jota!
Diez minutos en el fondo de los sanitarios
por Priscilla Rosario
Andrea busca una muchacha para compartir experiencias sexuales nuevas. Yara pide que la aconsejen porque su novio la dejó hace dos semanas. Sofía dice que un bachillerato en Comunicaciones o en Humanidades es equivalente al desempleo. Anónima se manifiesta: “RIP Bambi, te amo”. Otra dice que la vida es una mierda y comparte su email para todos aquellos que se sientan igual. Todo en el mismo espacio, entre las mismas cuatro paredes llenas de coños, puñetas, fuck you’s y fuck me’s.
El baño es un lugar sagrado; es donde nos refugiamos cuando salimos del último examen de alguna clase macabra, donde podemos ver el desastre que el calor ha hecho en nuestras caras o donde nos preparamos antes de encontrarnos con alguien. En ocasiones, entramos por ritual, por acompañar a tu mejor amiga o simplemente porque tienes que ir. Muchos se cantan una cancioncita para tratar de ignorar que están en un baño público, otros, mas elocuentes, se hablan a sí mismos o continúan con su conversación telefónica. Pero, si en algo estamos de acuerdo, es que todos nos entretenemos leyendo los mensajes de las paredes; esos rastros que otros han dejado atrás, compuestos por miles de mensajes en mil paredes. Chistes, intercambios de números de teléfono y correos electrónicos, palabras soeces, declaraciones de amor, publicidad a servicios de todo tipo de tutorías…cualquiera diría que no tenemos otras mil quinientas cincuenta y tres maneras de expresarnos, que no existen los benditos blogs, ni los status de Facebook. Pero, ¿qué mejor lugar que el baño? ¿No es, pues, el lugar que todos visitamos gracias a las necesidades biológicas que nos unen y nos hacen tan vulnerables como para discutir el problema de Ángela que nos cuenta que dejó a su novio porque cree estar enamorada de su mejor amiga?
Marcamos nuestro territorio en busca de que alguien comente, conecte, nos aconseje o nos deje su número de teléfono. Lo hacemos porque somos unos rebeldes sin cabales, que andamos por el mundo dañando la propiedad pública y somos los más cool. Lo hacemos porque se supone que no lo hagamos, y por ende, es divertido, porque todavía tenemos deseos reprimidos de cuando pintábamos la pared del cuarto con Crayolas. Lo hacemos porque no hay nada mejor que escribir algo y que al otro día alguien lo haya contestado, porque significa que lo leyeron. Lo hacemos porque podemos, porque nos entran unas cosquillas en la mano que nos impiden quedarnos callados cuando vemos que alguien escribe: “Dios no existe”. “Eso lo sé yo”, contesta alguien en un baño del Luis Palés Matos. Posteamos en el “wall” original, el del baño público, con fe de que no pasemos inadvertidos, con las esperanzas de que las palabras se queden ahí hasta el semestre que viene y comprueben tu existencia. Así que busca tu Sharpie y escríbeme algo.
fotos Samuel Vélez Romero