Entre Ada Monzón, un panteón y una almohada en el Bronx: Un ebbo diaspórico

Por Wilfredo J. Burgos Matos

University of Texas at Austin

 

A San Miguel Arcángel,

santo eterno de mi familia

y guerrero de una luz

que protege y sana contra la debacle.

 

Ebbo: a type of sacrificial offering

that comes from divination[1]

Wilfredo J. Burgos Matos

 

Mediumnidad: “Conjunto de facultades

que permiten al ser humano comunicarse

con el mundo invisible”.

 

 

Parada 1: Ofrendar junto a la voz de Ada

Una ofrenda para San Miguel es sencilla. Él no pide mucho, aunque de acuerdo a las prácticas del vudú domínico-haitiano, puede que necesite más. No obstante, una copa con agua fresca, un velón rojo y un manojo de azucenas recién cortadas, es más que suficiente. Aunque supiera todo esto, y lo tuviera muy claro por la práctica espiritual que me acompaña desde los siete años, el desespero climático que se extiende desde el Caribe hasta su diáspora, me alcanzó. María se interpuso a mis conocimientos ancestrales.

Como si se tratara de la Última Cena, me encargué de adornar su altar como si fuera el día de su fiesta de cumpleaños, esta vez anticipada por unos días al 29 de septiembre. Desde el 19, mi cuenta bancaria ya veía en repetición las transacciones monetarias en la botánica La Metresilí y la 21 División de la 157 con River Avenue, en el Bronx. Asimismo, quedaba marcada la compra de víveres en múltiples bodegas para ofrendar al Príncipe del Poder. Agua florida, agua de coco, ingredientes para un moro de gandules, entre otras cosas, se sumaban a la funda magna de la ofrenda. Con cuatro inmensos bolsos, que soportan 10 libras cada uno, llegué de vuelta a mi casa.

A modo de oda a la ansiedad diaspórica que describe a la comunidad caribeña en tránsito, encendí la computadora, la radio, puse a hacer café, prendí inciensos, y me dispuse a llamar a casa. Antes de la llamada oficial, tipo to-do list en la que uno pregunta si se tiene esto o lo otro a su familia en repetidas ocasiones y en estado de agitación, una voz colmó el espacio de mi hogar. Era Ada Monzón, quien, como si fuera un Misterio de vudú, pobló mi espacio con una energía temblorosa: “yo veo esto y, francamente, no lo puedo creer”. Tragar después de eso fue, quizá como epítome del sensacionalismo uno-cero-uno, una hazaña titánica. El resto de la llamada, como es de esperarse, prosiguió con mi tono de voz más elevado de lo normal. Este recuento crónico y autoetnográfico no es más que un intento por recopilarme desde el desespero para volver a leernos, diaspóricamente, desde los intersticios varios de la puertorriqueñidad móvil. He aquí varias piezas del rompecabezas de la distancia.

 

Parada 2: La primera vela

 

Nueva York, aunque ahora duerma un poco más que antes, nunca se detiene. El constante ajetreo y la ansiedad que caracteriza a los neoyorquinos, se extendía, como tren en rush hour, por todos los recovecos el día antes de la susodicha. El 19 creo haber escuchado más ambulancias de lo normal o, a lo mejor, mi cuerpo respondía al desastre mediante un agudo reconocimiento de la emergencia.

La primera vela de ese día, luego de la llamada, roja, no quería encenderse.  Como la superstición es prácticamente codependiente de la respiración en mi familia, ya sabía que debía preocuparme. “Si no se prende bien desde la primera, sigue tratando hasta que pase. Esto va a estar bien malo”. Recurro, entonces, a iluminar todo. Desde la oscuridad, y todas las velas, los vientos traen mensajes que son presagios de desconexión y de muerte.

Oyá, orisha guerrera y justa,
Ahuyenta el viento de la muerte,
Custodia mi alma, y líbrame del infortunio.
Escúchame madre Oyá:
No permitas que sobre mí recaiga el dolor,
Ni la enfermedad, ni el odio o el rencor.

A ti Oyá, reina y señora mía,
elevo mis ruegos.
Protégeme del mal,
y desvía las penas de mi camino.

Cuídanos.

Gracias.

Haga la oración por nueve días junto a vela negra o vela de arcoíris.

 

Parada 3: Las llamadas de mi hermana

Su voz es siempre fuerte, taurina. Como nunca logra dominarme con mi esencia del aire, a través del teléfono canaliza sus ansiedades por mi bienestar. Esta vez, mi hermana hiperventilaba. 8:01 p.m. Era la primera ocasión en la que debía hacerme cargo de la familia, quizá espiritualmente, que para la mayoría de nosotros, esa red invisible que nos ata, es lo más importante. 10:23 p.m. A la octava llamada, in crescendo, su voz saltaba. Yo, cargando en mis manos la esperanza y la fe, miraba fijamente el frasco de Klonopin. ¿Me tocará volver a ella otra vez?

Parada 4: El último mensaje

“Me llamó por última vez a las 6 de la mañana”, dijo mi hermana mientras esperaba por mi suspiro de calma. “¿Van a estar bien?”. Una, dos, tres cartas sobre la bóveda. Sí, cálmate. Consecuentemente, procedí, a modo de presagiar la precariedad y el abandono, a sacar el colchón de mi cama y lo arrastré hasta el cuarto vacío recién construido en mi apartamento. Busqué una almohada, la más flaca de todas, y me propuse a encender la computadora, la radio, los inciensos y todas las velas nuevamente. Entonces, me arrodillé frente al altar, mientras presagiaba la ruptura y el rumor de lo inminente.

Parada 5: Luz de acá, oscuridad certera

La radio y la computadora estuvieron encendidas por 96 horas seguidas. Las primeras noticias comenzaban a salir mientras proseguía una marea de imágenes que te hacían ver a tu propio pueblo, aunque no lo fuera. Las noticias de Aibonito tardaron en entrar en el radar informático del desastre. Lo mismo pasó para saber sobre el paradero de mi familia específicamente, historia repetida cientos de veces en las interacciones virtuales o personales de los boricuas en vigilia.

Una red de desconocidos se ofrecía a subir desde San Juan hasta la loma para informarnos sobre la situación. Al menos, algunas imágenes de mis padres quedaban para la mente inquieta que solamente necesita, en ocasiones, el resguardo de la voz. Esa ausencia de lo vocal definió el desespero y la ansiedad diaspóricas. La red de interconexión que se suscita con el acento de la voz augura una cercanía o al menos, legitima unos afectos compartidos ante la ausencia de otros sentidos por vía de la lejanía. Hasta ahora, no había toque, no había voz. Solamente expectativa y una necesidad de hacer algo para retar la inercia y el silencio.

 

Parada 6: El tambor que conecta en el Julia de Burgos

Henri Lefebvre, amparado en la aseveración de que un espacio se vive antes de percibirse, traza una combinación sugestiva entre varios elementos en los que se incluye un plano mezclado entre lo físico, lo mental y lo social. En otras palabras, se entiende la relación que tenemos con el espacio en la medida en que dicha experiencia se entienda como una que traspasa varios niveles físicos, mentales y sociales. Entre esos conceptos espaciales, los que más me llaman la atención son los espacios abstractos por un lado y los diferenciales por otro, ambos definidos por el teórico. En La producción del espacio[2], su libro icónico, nos damos cuenta de esas dificultades contextuales que él atravesaba y se legitima la aparente contradicción de ideas. A lo que me refiero, precisamente, es que Lefebvre, en ese momento, en el período de la posguerra en Francia, comenzaba a ver cómo ocurría una traslación al espacio urbano que desnaturalizaba el espacio de lo rural en búsqueda de un nuevo centro. Del espacio abstracto al espacio diferencial.

Hoy, los espacios abstractos  son, a fin de cuentas, representaciones vivas del capitalismo neoliberal, donde lo representacional se pierde en una aparente homogenización. Testigos de estos espacios homogéneos son las salas de concierto o, en este caso, el Julia de Burgos Community Center en El Barrio, donde la música probó, una vez más, ser un código que reactiva la memoria, la corporeidad, la identidad y la ideología. Esa cadencia rítmica, en ciertos espacios abstractos, no se negocia y se reprime en el amparo de la vigilancia panóptica. El ritmo, por tanto, se niega, lo que, a fin de cuentas, en un espacio de abstracción, aquí transformado en diferencial, otra instancia de la teoría de Lefebvre, significa negar la subjetividad para masificar un sentir.

Lefebvre, en otro trabajo, Rhythmanalysis [3], expone la complejidad del análisis del ritmo para la música, porque, a pesar de los análisis que se han hecho musicológicamente, es esa siempre una instancia y categoría de alta complejidad, que él resuelve de la siguiente manera para legitimar su supremacía sobre cualquier otra categoría sonora, y que es vital para mi abordaje:

“Musical rhythm does not only sublimate the aesthetic and a rule of art: it has an ethical function. In its relation to the body, to time, to the work, it illustrates real (everyday) life. It purifies it in the aceptante of catarsis. Finally, and above all, it brings compensation for the miseries of everydayness, for its deficiencies and failures. Music integrates the functions, the values of Rhythm” (Lefebvre, 66).

Con esto expuesto, en el Julia de Burgos, convertido en espacio comunitario para la recaudación de fondos de los afectados por María a la semana del embate, surge una reinvención de la espacialidad en un principio abstracta (salón comunitario) a uno diferencial (salón comunitario cohesionado por lo musical y la multiplicidad corporal en catarsis). En este caso, la bomba puertorriqueña, con un repique de tambores nos unió a todos los asistentes como un activador de los “chips” identitarios. La música se convirtió en este lugar en el elemento compensatorio del silencio de la voz de carne y hueso incomunicada en la isla. Esa fue la primera noche que volví a escuchar música. Aún en medio de las lágrimas habituales, un repique diaspórico renunció al ocaso y las ausencias, y, a través de las letras de bomba, que son también dolor, cimarronaje y otredades, una comunidad resonaba con tambor y piquetes.

Parada 7: Un 787 ahí…

El ungüento bálsamo tranquilo, difícil de encontrar en botánicas en Nueva York, se caracteriza por ser un aceite que calma las ansiedades producidas por un huracán de emociones. Cada vez menos espiritistas lo recomiendan por lo difícil que se ha hecho conseguirlo. Aunque el remedio espiritual exista, y aunque lo tenga siempre en la bóveda, mi bálsamo de tranquilidad post-María estaba en la voz de mi madre. Una mañana, a 7 días del huracán, mientras desayunaba con un frasco de antidepresivos y de estabilizadores de ánimo al lado del plato, un 787, algo así como un número mágico que envía luz y sana, se reflejó en la pantalla de mi celular. Al contestarlo, ahí estaba ella, entrecortada, enviándome de a poco el bálsamo que me recetó el universo que me forma.

Parada 8: Hay una red más poderosa

Ada Monzón promocionó una red telefónica con especial ahínco. Aunque la antena de la compañía estaba caída en su totalidad, descubrí, y prefiero pluralizar la visión, descubrimos que la red más poderosa ha sido la que se produjo de los afectos ante la pérdida temporera de comunicación telefónica, cibernética o de la esperanza. He ahí, en el quiebre de la exclusividad del dolor a la que tantos se suscribieron, uno de los verdaderos valores que produjo el rugir ancestral de María. A un clic de la compra del pasaje en autobús para reunirme con mi familia en Washington, DC, un tambor a Oyá resuena en mis bocinas. Todavía vocifero lo que me enseñó mi madrina sobre la orisha: “Que tus remolinos me despojen y me devuelvan lo bueno que merezco”: mi familia, toda junta, con un sabor agridulce por aquellas que no hallarán en la reunión las voces de carne y hueso que despiertan los sentidos del saberse cerca.

Parada 9: El abrazo

Miré la imagen de San Miguel incontables veces en mi celular mientras cruzaba el puente de Delaware hacia Washington. Los desesperos hacen que los viajes se sientan más largos. Había un tapón inexplicable para entrar a la capital del país, algo así como una oda a Puerto Rico en espera del rencuentro con mis padres a dos meses de María, un día de Acción de Gracias. Cuando bajé del autobús, corrí hasta encontrarlos. Cuando los vi a lo lejos, parecían una aparición y solamente los sentidos saben la hecatombe del resto del encuentro y de lo eterno que se hace un abrazo que resiste la pérdida.

El resto de la estadía fue una adicción a querer saber hasta el último detalle del día. Queríamos todos construir el mapa certero y sellar los vacíos del silencio y la desinformación. Como es usual, detalles devastadores no faltaron: la pérdida de casas de familiares, el temblor que produjo la virazón por la montaña, la batalla campal de mis padres para no perder la casa cuando se quebró la puerta principal y cómo se entregaron a la fuerza de la naturaleza al no poder aguantar más el crujir de la madera. Entonces, me cuentan de la imagen de San Miguel que tenían frente a la puerta que se negó a sostenerse, y cómo al mirar los ojos del arcángel justo al rendirse, pensar en la paz hacía sentido.

No sé si al mismo tiempo que pasaba, yo estaba arrodillado frente al altar. Tampoco sé a ciencia cierta cuánto es que pesa la fe en momentos como éste. Solamente sé que ofrendé, como tantos boricuas desde sus saberes y sus creencias particulares, esas partes ancestrales que conozco y domino de mí mismo. Desde el afuera, más allá de dinero o de artículos de primera necesidad, uno dona también la fe por el bien de los suyos. Desde aquí, en la novena parada, con el número nueve de Oyá que retumba fuertemente en el baúl de nuestras memorias huracanadas, añoro otro abrazo. Todavía no he podido ir a Puerto Rico, pero me quedan las voces, los sentidos y el ebbó, ofrenda que no conoce límites geográficos, que se tiende siempre sobre el despilfarro, y que promete, como se debe, una infinitud de encuentros de cuerpos móviles que danzan la pérdida, pero también la esperanza.

 

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla; sé
nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas
del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes,
y tú, Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno
con el divino poder a Satanás y a los demás espíritus
malignos que andan dispersos por el mundo
para la perdición de las almas
[4].

 

 

Altar en El Bronx, casa de Wilfredo José Burgos Matos, 29 de septiembre de 2017.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Altares en El Bronx, casa de Wilfredo José Burgos Matos, 19 de septiembre de 2017.

 

[1] Burgos Matos, W. (2018) “Offerings to Eternity, Longing of Remembrance”. SX Salon,  

27:http://smallaxe.net/sxsalon/reviews/offerings-eternity-longing-remembrance.

[2]  Lefebvre, H. (2013). La producción del espacio. Madrid: Capitán Swing.

[3] Lefebvre, Henri. “Music and Rhythms”. Rhythmanalysis: Space, Time and Everyday Life. Nueva York: Continuum, pp. 57-66.

[4] El Papa León XIII, luego de una misa y haber entrado en trance, entregó el folio con esta oración a su secretario para que fuera distribuida como el mensaje universal del Arcángel a todas las diócesis del mundo, siendo hoy palabras que cruzan religiones y sincretismos.